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una historia cuántica
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era de noche, llovía sobre Valparaíso, hacía apenas unas horas que me había reencontrado casi por casualidad con Alfredo al que hacía trece años que no veía. Un poco bebidos, ya con la madrugada encima, charlábamos asomados en la ventana de la casa de nuestra común amiga I. en el cerro Alegre, fumando un cigarrillo, codo con codo, contemplando la esquina de adoquines mojados
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Alfredo hizo un comentario sobre lo único e irrepetible de ese momento, los dos, cada uno de un extremo del mundo en la noche de Valparaíso y nos dimos a una conversación profunda que no habría superado ninguna prueba de alcoholemia sobre las probabilidades de que ese instante cuántico fuera otro y no éste, este mismo, viniendo desde tantos años atrás, todas las circunstancias que nos habían hecho encontrarnos, que él estuviera en Valparaíso, que yo hubiera decidido postergar mi vuelta a Santiago hasta el día siguiente, que I. nos hubiera invitado a cenar y finalmente que ambos hubieramos decidido fumar un cigarrillo a la vez en la ventana contemplando la noche lluviosa mientras el resto de la gente de la reunión continuaba alrededor de la mesa del comedor
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Én ese momento pasó una chica guareciéndose de la lluvia a lo que ambos reaccionamos coincidiendo en que formaba parte a su vez del instante único e irrepetible y seguimos divagando y de alguna manera gozando de esa conversación que en realidad por caminos metafóricos nos estaba llevando a decirnos el uno al otro lo contentos que estábamos de habernos reencontrado
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Luego entró en escena un hombre pequeño, diminuto diría yo que empujaba con gran esfuerzo con carretón cargado con media docena de sacos blancos llenos, de esos de cincuenta kilos cada uno, tras él un perrillo que le seguía, ambos elementos cuánticos que nos dieron pie para seguir concluyendo que el momento cada vez se ponía más único ya que nos preguntamos cómo sería su vida, que haría allí y a dónde iría a esas horas arrastrando una carga tan pesada
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Para sorpresa nuestra giró en la esquina y enfiló hacia la empinadísima cuesta abajo de adoquines mojados. El carretón casi le llevaba a él. Con Alfredo comentamos el esfuerzo desmesurado que estaba realizando solo. Pasó bajo nuestra ventana y un poco más adelante decidió subir el carretón a la acera que en ese lugar y debido a lo empinado de la cuesta debía de medir cerca de setenta centímetros, hay que conocer los cerros de Valparaíso para saber que esto no es ninguna exageración
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Como no conseguía subirlo del tirón desde el asa del carretón decidió empujarlo desde atrás de manera que su cuerpo diminuto casi desaparecía detrás de la carga que intentaba aupar
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aún en medio de nuestros vapores alcohólicos mirábamos la escena cada vez más alarmados, y yo comenté este hombre está poniendo en peligro su vida, lo que deberíamos hacer... y de pronto me interrumpí, me dí cuenta de la inutilidad de nuestros comentarios, que no podíamos seguir ahí contemplando la escena y miré a los ojos a Alfredo y terminé la frase con una idea que no fue siquiera un pensamiento si no un instinto: lo que deberíamos hacer es bajar a ayudarle!
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Alfredo me miró e instantáneamente entendió todo lo que había pasado por mi cabeza y sin deternerse un segundo, mientras giraba sobre sus talones me dijo, vamos! y nos lanzamos hacia la puerta del apartamento, mientras bajábamos las escaleras al galope ibamos diciendo deprisa, deprisa! que se mata!
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sin que el hombrecillo lo supiera aún ahí iban dos personas que iban a entrar de lleno en su vida, transformados en factores cuánticos de la mera observación en un par de segundos nos ibamos a unir a la equación= hombrecillo + carretón cargado con sacos + cuesta abajo + adoquines mojados por la lluvia
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abrimos el portal de golpe y corrimos por la cuesta abajo hacia él, sin decirle más que vamos a echarte una mano, nos pusimos los tres a subir el carretón cargado de sacos a la acera, resbalando con la lluvia, con el perrillo dando vueltas alrededor nuestro como animándonos, entre los tres, Alfredo por abajo y yo con el hombrecillo tirando del asa, casi no podíamos con el enorme peso
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al final, cuando lo conseguimos, el hombrecillo nos sonrió de oreja a oreja y dijo Gracias, amigos! muchas gracias, que dios les bendiga! y lo repitió varias veces que dios les bendiga!
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nos despedimos de él bajo la lluvia e iniciamos la subida al portal y mientras volvíamos le oímos hablar a su perrillo
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lo ves, pequeño, como te dije que Dios no nos iba a dejar solos...
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